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5 de octubre de 2011

Ése podría ser el final perfecto para su historia de desengaños.
Un corazón completo, dibujado sobre una espalda llena de cicatrices. Un surco, un leve arañazo visible sobre todas aquellas huellas de dolor. Restos de personas y de sentimientos, de conversaciones sin final y de discusiones terminadas a base de portazos.
Una leve sonrisa asomó a la comisura de sus labios, sintiéndose culpable al instante, pero recordando el dulzor que había dejado con su paso, y siguió su camino.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una palomita de papel. Pensativa y mirándola fijamente, hizo que batiese las alas. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Cada vez más rápido, más rápido, más rápido. Una fuerte corriente de aire le hizo estremecerse y levantó la vista, para no reconocer nada de lo que veía. Ni siquiera parecía posible encontrarse en la Tierra. Ya ni siquiera andaba.
Sentada sobre una paloma de papel gigante atravesaba el firmamento, sin necesidad de respirar, fascinada ante todo lo que veía, porque por primera vez veía.

10 de diciembre de 2010

Jugar con las cosas de mamá nunca era buena idea: siempre terminaba enfadada, con aquellas arrugas tan feas en su frente. Enfadar a mamá me ponía muy triste. Por eso, aquel día, después de embadurnarme con su pintalabios rojo -ése tan bonito que se ponía los domingos cuando paseaba con papá- me escondí asustada en mi habitación. El papel del baño no había borrado todo el carmín y el estropicio del lavabo era indescriptible. Comencé a llorar a gritos mientras me frotaba la cara para quitarme el colorado de las mejillas, pero cada vez que restregaba se hacía más grande la mancha, hasta acabar con toda la piel cubierta. Oí la puerta y me escondí con pánico dentro del armario. Seguí llorando, pero bajito, como si le llorase a las perchas. Mamá me llamaba, cada vez más preocupada, pero cuando entro al baño gritó. Entonces ya no me llamaba con angustia, si no con enfado en la voz.
Deseé desaparecer o hacerme invisible con todas mis fuerzas, cerré los ojos tan fuerte tan fuerte que veía galaxias en mis párpados. Pasó mucho tiempo, no recuerdo ni siquiera cuánto. Las piernas se me pusieron rígidas -mamá siempre decía que era porque estaban aburridas- y terminé por dormirme entre los vestidos.
Al despertar ya no sabía dónde estaba, no recordaba nada. Confusa, abrí la puerta del armario y la luz me cegó. A tientas salí de mi habitación y busqué a mamá. No estaba en el salón, ni en la cocina, ni en el despacho -y eso que se pasaba casi todas las tardes allí-. Subí a su habitación, pero tampoco estaba. Aunque la cama estaba deshecha, y ella también había manchado las sábanas con el rojo pigmento. Fui al baño, por si acaso estaba en la ducha y no me oía. Había muchísimo pintalabios por el suelo, aunque era más rojo que el de mamá. ¡Bien! Más colores que probar. ¡Ah, ahí estaba mamá! Lo sabía, dentro de la bañera no me habría oído. Pero no entendía por qué estaba todo el agua llena de carmín, estaba roja, rojísima. Y mamá se había dormido, y no se despertaba ni siquiera cuando la zarandeaba.



1 de septiembre de 2010

Rompió la pared acartonada de su habitación y extendió sus alas más allá de su jaula, tomando impulso para lanzarse al terrorífico, y aun así emocionante, mundo exterior. Inhaló el oxígeno de la libertad y subió, notando los músculos estirándose y aplastándose entre la piel y los huesos. Le gustaba esa sensación, sabiéndose forzada, ya que jamás había flotado en las corrientes de aire antes, pero allí estaba, atravesando aterida esas nubes grises. Cerraba los ojos y se dejaba llevar, notaba el viento mesando sus cabellos, en todas direcciones. De repente abrió los ojos y miró hacia abajo. Aquellos diminutos humanos, aquellas minúsculas luces moviéndose con esas insignificantes personas dentro, aquellos gigantes de hierro, cristal y hormigón, esas eternas montañas y esos océanos, mares, lagos, ríos, que seguirían por siempre un mismo curso. ¿Qué importaba ella entre esa fauna de carne y cemento? Era solo una más, sólo una más.
Sin embargo, esa presión en el pecho, la imposibilidad de respirar... cerró los ojos y las alas, dejándose caer, para llegar al lugar al que siempre había pertenecido y odiado. Su hogar. Su hogar.

3 de julio de 2010

Amor de bicicletas.

Sentía mi corazón martilleando contra el pecho, taladrándome por dentro, pero ese dolor hacía que me sintiese real, que no flotase a mis ensoñaciones para escapar. Corría a través de las calles, tropecé mil veces, atropellé a decenas de personas y ni siquiera pedí perdón. Huía. Lo más surrealista es que era de ti. ¡De ti! De golpe toda la neblina que ocupaba mi cerebro se esfumó y los recuerdos de hacía media hora me atacaron, todos a la vez y sin compasión.

Salí pronto de clase esa tarde. Pensé en pasarme por tu casa sin avisar, para darte una sorpresa. Así que cogí la bicicleta y fuí por un atajo, ese por el que intentaste llevarme alguna vez pero que por miedo no solía usar. Poco espacio entre la pared y la caída de 5 metros. Así que armada de valor y con la bicicleta bien agarrada me encaminé a completarlo. Un resbalón, cayó una piedra, mi frente goteó... Por suerte recobré el equilibrio a tiempo, para asustarme aún más cuando oí revolverse los arbustos.
Taquicardias varias y sorpresa después, cuando ví aparecer tu cabecita alborotada llena de carmín y ramitas. Y detrás ella. Lo irónico fue la sorpresa y el dolor en tus ojos, cuando la del corazón en pedazos era yo.
Abandoné la bicicleta y salí corriendo mientras tu gritabas que esperase y mi nombre.
No podía ser, ¡no podía ser cierto! Demasiadas coincidencias y... ¡con ella!
Macabro plan del destino, a mi parecer.


Sentí una punzada en el pecho y me ví obligada a parar-a caer- contra el suelo. Me temblaban las piernas y me dolían las magulladuras que me había hecho a lo largo de mi carrera. Mi cuerpo me rechazaba. Como tú.
De repente me encontré perdida en esa calle sin nombre, con personas desconocidas que me miraban como si acabase de caer del cielo.
Dios, todo iba tan bien, todo era tan perfecto...

[3 días después]

- Lo siento, lo siento, lo siento... No sé cómo más quieres que te lo diga, de qué manera, sabes que te quiero, lo sabes...
Me escondí detrás de la puerta de la taquilla. Cerré los ojos e inspiré hondo, esperando a que mis rodillas dejasen de ser de mantequilla. Su voz sonaba... atormentada, es la palabra.
Respiré hondo un par de veces y me armé de hielo para mirarle.
Me encontré con sus ojos, verdes y tristes, suplicantes.
- No lo sé y tu tampoco lo sabes.
- Sí que lo sé, te quiero Nuria.
Podía ver las lágrimas brillando a través de sus pestañas espesas. Sentía deseos de quitárselas con las yemas de los dedos, besarle los ojos y decirle "tranquilo, todo va bien, te quiero". Pero reprimí mis intintos y la angustia, para decirle secamente su sentencia de muerte.
- ¿Por qué yo soy capaz de ver las cosas que tienes delante y tu no? Pablo, te acostaste con ella, ¡con ella! Y yo... yo te quiero, yo te quiero, pero no confío en ti. Ya no. Y si no nos queda confianza, ¿qué queda? Mi amor y tu lujuria. No quiero algo así.

Me di la vuelta y ahogando los sollozos le dije adiós.

Muñeca.


Casi me como los dedos de las ganas de verte, de abrazarte y perderme entre tus sábanas.
Ansío encontrarme contigo, cuerpo a cuerpo y sin aire siquiera entre nosotras.
Arrancarte el carmín a besos y la ropa a caricias, no sé, tenerte.

Como una muñequita de plástico.

Amor de hermanos.

Si me duermo... si me duermo, cuídame, méceme en tus brazos para que no despierte. Aparta el dolor yabrázame...
Sus palabras resonaban en mi cerebro, aún recordaba sus vacilos al respirar y su voz cansada. A medianoche se apagó, tal cual se apaga una vela sin mecha, sus ojos titilaron y exhaló su último aliento y una última sonrisa a mi cara.
Los científicos están locos, dicen que no sigue aquí, pero yo la veo, la siento y la oigo, aunque ya no respire, aunque no sonría ni me toque, noto su presencia a mi alrededor, constantemente...
Ella es la almohada a la que susurro mis penas.
Mi única amiga.

[...]
Hace siete años que ella murió, siete años sin ver a mi hermano. Encerrado con su recuerdo pasaba días y noches durmiendo, sin comer, solo para alimentarse de su sombra.
Hoy fui a verlo por enésima vez. Suelo llevarle la comida cada semana, para que al menos continúe vivo. Jamás abre la puerta si sabe que estoy allí. Siete años de indiferente rutina. Pero hoy... la puerta estaba abierta. Me dispuse a dejar la bandeja en el suelo, pero no pude contener mi curiosidad. Quería verle, comprobar si seguía siendo quien yo recordaba.
Obvié el hedor que provocaban los desperdicios del suelo -restos de comida, desechos humanos, basura acumulada- y penetré en la oscura estancia. Accioné el interruptor de la luz, pero ninguna bombilla se encendió, por lo que supuse que la compañía eléctrica le habría cancelado el suministro al no pagar las facturas. Sorteé como pude la basura y los diversos animales -contener gritos y pánico- y me encaminé al dormitorio principal. Era un pasillo estrecho y en sombras, pero en la penumbra distinguí manchas en las paredes. Creadas por manos. Sangre seca.
Me apresuré y entré en la habitación. Allí el olor era tan fuerte que los ojos me lagrimeaban, pero mi realidad -el hedor, el asco, la angustia- se desplomó al ver el cuerpo demacrado y sin vida de mi hermano sobre la cama.
Corrí hacia él y me fijé en que había una nota a su lado:

"Os dije que ella seguía viva y no me creísteis. Ahora tendréis motivos para creer."

Oí un crujido a mi espalda y me giré. No vi nada y me regañé a mí misma por haber tenido miedo de lo que sería una estúpida rata. Los fantasmas no existen, ¿recuerdas? Pero esa voz no era mía.
Agazapada en las sombras, la criatura me habló con voz gutural y acuosa. Intenté salir de la habitación, pero la puerta se cerró. La masa de carne putrefacta se abalanzó contra mi cuerpo, clavando sus dientes en el mío. Mi piel se desgarró y la sangre caliente y pegajosa se extendió por mi ropa. Me aplastaba. Noté como varias costillas se quebraban, astillándose contra mis músculos. Grité. Clavó de nuevo su dentadura en mi carne, arrancando pedazos de mi ser.
El mundo se nublaba.
Todo se apagó.

This world is ours.

Llueve.
Sobre mojado.
Enormes gotas de recuerdos.
Fragmentos de mi memoria gastada.
De la tarde en la que me bebí tu aliento.
Llueve.
Mi alma se inunda.
Se me derrama el pecho.
Alzo los brazos al cielo.
¿Por qué no para de llover?
Grito en silencio, para acallar la voz de tu infierno.
Del nuestro.
Mi soledad - tu soledad
Ya no somos nosotros y jamás lo seremos.
Por favor.
Achica el agua de mi cuerpo.
Cúbreme de presente y no de pasado.
Cúrame a besos la ausencia.
Dime te quieros en braille.
Hazme notar tu presencia.
Tirito.
Abrázame, quítame frío.
Desabróchame el abrigo y haz de tu cuerpo uno nuevo.
Hagamos la fusión perfecta.
Seamos armonía en compases.
Combinación de colores sublime.
Déjame penetrar en tu cuerpo.
Cada paso, será nuestro.
Cada suspiro, será nuestro.
Cada noche, será nuestra.

Que tú/yo/adiós

Que dice que no quiere y que ya no tiene ganas. Que prefiere soledad a una vida entre rejas, que él te pide flores y tu le das ramas secas. Que le quitas, que le robas, ¡que le agotas! el tiempo, las ganas y el sentimiento, que mereciste el cielo y ahora mereces infierno. Que antes eras volcán ardiente y ahora frío témpano.
Que prefiere una botella a tocar tu cuerpo, porque al menos incluye el -ella y tu ansías que pase el tiempo. Que tu... ¡que tu la mataste! ¡La mataste! A la niña de sus ojos, su musa incesante, su bailarina de hielo. Que prefiere una vida aferrado a la silueta de su recuerdo que a tus caderas de olvido.
Que la quiere, ¡que te odia! Que se arrepiente de tus besos y sus actos. Que la revivas ¡por favor! Que si no, la muerte será un dulce descanso en sus brazos.

Sueños de princesas/muerte de sentimientos

Abro el portal y me encierro en el ascensor, en su frialdad metálica, en su falsa seguridad. Nunca me gustaron las palomitas de colores, ni el algodón de azúcar. Eran empalagosos, irreales. Otra cosa es que lo quisiera sentir fuera de mi paladar. Un amor dulce, con sabor a piruleta. Sin embargo, cuando se termina, te deja la boca seca, haciendo que maldigas el sabor a fresa azucarada. Me miro en el espejo de mi cápsula de acero. Las puertas se abren. Vuelven a encerrarme dentro.
Distante.
Ahí estaba yo, escondida del mundo, enterrada entre esqueletos de afecto y envoltorios de caramelos. Ya sabía que el amor era agridulce, pero el paso del tiempo y una muralla de sueños hicieron que en mi mente solo quedase un eco de la última parte.
Pero no.
Volvías a ser el palo de mi piruleta y yo la que odiaba la gravedad. Esa que hacía que cayese, una y otra vez. Quería gritarle "¡Déjame en paz! ¡Quédate haciendo caer manzanas y pasa de mí!". Pero no. La aceleración es para todo el mundo y debemos chocarnos, una y otra vez, contra el suelo.
Yo solo quería endulzar mi vida un poco y la tuya al tiempo, pero acabamos con sobrepeso y una venda en los ojos para no ver que se nos acababa el tiempo. Las manecillas del reloj se juntaron, tocaban las 12 y Cenicienta debía irse, pero el príncipe no encontrará el zapato. Esto es una discoteca abarrotada de gente y el charol acabará en objetos perdidos o, en el peor de los casos, en las manos de un borracho, drogado y sin amor.
En mi mundo los te quiero ya no existen en su significado pleno, ni los besos a mediodía por el simple hecho de querer mostrar un sentimiento. Por el simple hecho de ser feliz.
Sin embargo, la felicidad se escapó de mi vocabulario de puntillas para que no me diese cuenta. No tenía porqué, aunque hubiese gritado un desalmado "¡Me largo de tu vida por siempre jamás!" con portazo en mi corazón incluído no me hubiese enterado. Demasiado ocupada estaba escuchando la música en mis oídos y contándole al aire que mi mundo era perfecto. Ingenua.
Yo quería un cuento de hadas, pero mi versión incluía un príncipe enamoradizo, una reina prendada de este y una princesa despistada y confiada. Pero que no quiere dejar al príncipe a merced de sus reales brazos. Y ni siquiera una manzana llena de anfetaminas conseguirá que el príncipe vuelva. Igual ni siquiera es el príncipe adecuado, pero es su príncipe. Al menos, lo era.

Abro los ojos para comprobar que sigo en el ascensor. Alucinando en los mundos de Disney y derrumbada, ¿por qué el único cuento triste tenía que ser el mío? Me levanto a duras penas y salgo del ascensor. Saco las llaves, mano temblorosa y tintineo en la cerradura. Entro en casa y corro -vuelo- a mi cama.
La bella durmiente pudo dormir cien años, ¿por qué no yo?
El vértigo en sus ojos.
El vacío en su piel.

Señores, eso es el amor.
Coger ese avión y dejarlo todo,familia, amigos, trabajo, por la persona a la que quieres.
Amar sin límites y sin que te duela, porque el amor es lo que tiene de bonito vivir.
Ustedes, que no creen en el amor, ignorantes, no saben lo que pierden.
Se ven poseedores de todo y en realidad poseen nada.
Porque nada es perenne.
Porque salvo el amor, todo se arruina, todo se pudre.
¿El odio? El odio ya está podrido de por sí.

El amor son mariquitas subiendo por tu espalda para llegar a un punto más alto desde el que volar, son las pompas de jabón que no estallan en gotitas, son los libros que huelen a viejo y que tienen finales felices y creíbles.

Porque no solo existe el dolor.
Porque aunque el amor conlleve un poco, ¿no es un precio digno de pagar?
El cuaderno rojo... donde no siempre la vida es fácil.

La carne golpeó con fuerza en la pared. Sintió cómo la sangre se agolpaba dolorosamente en el hombro. Semi-inconsciente, entendió las últimas palabras "...joder! ¡Eres una jodida puta! ¡Tu vida es mía, no eres nadie! Así que portate bien, no quiero matarte."

-pum-

A solas en la habitación y dolorida se arrastró hacia la oscura cama. Sentía latir todo su ser. Los accesos de náusea hacían que su cuerpo se estremeciese con violencia. Le ardían las entrañas y, sin embargo, sus ojos, aunque febriles, se hallaban secos. Había aprendido que las lágrimas no servían de nada, solo un dolor de cabeza que lo empeoraba todo. "Cálmate, cálmate, cálmate..." Incluso ese tantra que se repetía a todas horas le hacía daño. Trató de respirar hondo, intentando no sufrir en el proceso. Fue en vano.
Se dijo que esto era solo una -cruel- prueba, que debía superar con la cabeza alta. Al fin, lágrimas saladas acudieron a sus ojos y, exhausta, cayó desmayada.
El cuaderno rojo
en el que vivimos vidas paralelas...

Éramos de nuevo Fausto y Mefistófeles, quienes, danzando su macabro baile, empujan a los humanos a la desesperación. Una orgía de cuerpos a nuestro alrededor, el hedor del sudor y la sangre, la suciedad pululando... todo nuestra amada obra: putrefacta y destructiva. Al fin y al cabo, ellos también se amaban.Tú, mi Fausto ansioso de una nueva vida, yo, un diablo que te condenaba a la eternidad. Sumidos en nuestro vals maldito, ávidos el uno del otro, sedientos.

Una mano sucia alcanza mi tobillo, entorpece nuestra danza. La magia se acaba, tu ya no eres Fausto ni yo el Anticristo. Mi maldad sigue incrustada, adiós a la vida del que paró esta farsa, adiós a la mía propia. Ojos en mi cuerpo, fijos. ¿Por qué? Solo hago lo que quiero, no hay amenaza en ello.
¿Qué esperaban? Adoran a un ente maldito y oscuro, deseaban su propia destrucción. Desesperados, sacaban de su cuerpo la tristeza y, en su trance devoto, me entregaban su ser. Pero lo que fue ya no es, todas esas vidas que cobré no fueron y sigo siendo la misma patética humana de siempre, como todos los demás.

¿Qué esperaba? ¿Qué esperaba?

Ansiaba una respuesta a mi propia existencia.¿Acaso tengo que conformarme con la idea de un dios? Demasiado fácil, una droga para masas.

¡Qué animal eres!

Solo somos humanos, pedazos de carne, hueso y sangre que pululan por el mundo, cambiándolo todo, creyéndose dioses, cuando la realidad es que somos desechos, al apagarse nuestro último latido. Al fin y al cabo, descendemos de animales, lo llevamos dentro. Siempre hay alguien que grita: "¡Qué animal eres!", "pero ¿qué haces, animal?", "¡serás burro!" y los graciosos "que mono". Sí, mírame, soy un primate dedicado de forma exclusiva a la recolección de piojos y pulgas, ¿quieres amor?
Qué irónico. Te digo esto riéndome y me miras con cara de abubilla. ¿Qué, te molestan tus orígenes? Ah, no, preferías seguir pensando que provienes de la costilla de Adán. Anda que, ya te vale, mira que arrancarle una costilla al pobre hombre... Que no, señores, lo religioso aquí solo puede ser tomado de una forma: a broma. ¿Tengo que creer que un ente todopoderoso lo ha creado todo en siete días? Más aún, el domingo descansó. Merecido se lo tenía, vaya ganas de hacerlo todo deprisa. Así van las cosas, que el mundo le salió defectuoso -terremotos, volcanes, huracanes- y los hombres rebeldes y bobos. Se basan en historias inverosímiles, como, por ejemplo, la torre de Babel.

- ¡Eh! ¿Te apetece construir una torre? Va a ser bastante alta, es para ir a ver al tío que está hablando todo el día y no nos deja dormir, para darle un susto, ya sabes.
- ¡Me apunto! Si eso llamo a más gente, parece que la vamos a necesitar.


¡Y hale! Todos a construir la dichosa torre, sin grúas ni nada, a pulso, olé sus santos huevos. El caso es que iban ya por la exosfera cuando Dios se percató de una cosa recta que subía -no sean malpensados-, pensó que le iban a descubrir, se cabreó y derrumbó la torre que tanto esfuerzo, sudor, lágrimas, sangre y muertes les había costado y, para más inri, les cambió el idioma

. . .


Si es que suena a cachondeo, un monólogo de Luis Piedrahita solo que con cosas grandes. Él concluiría con uno de sus típicos finales, gracioso pero a la vez tierno. Pues bien, ya que empecé hablando de animales, terminaré con ellos.
Si yo fuese un animal sería un gato, mimoso y caprichoso; si Dios fuese un animal sería un ornitorrinco, todos hemos oído hablar de él pero nadie sabe cómo es; si Zapatero fuese un animal sería un avestruz, la cabeza bajo tierra en cuanto hay problemas, y si Luis Piedrahita fuese un animal... no sé cuál sería, pero uno realmente achuchable y, eso sí, con flequillo.
Falta algo, todo se mueve, todo se muere. Hace frío, cada vez más, la distancia entre nosotros, el roce de los años; algo se mueve, algo se muere.
Creí que estábamos en primavera pero ¡no! mis ventrículos se congelan y mi cuerpo tirita de frío. Quizás una mano cálida consiga derretir fortaleza de hielo tan sólida. Quizás su llama se apague en el intento. Quizás.
¿De qué sirven los lamentos? Solo son las palabras del alma y, todos lo sabemos, el alma cada vez más corrompida.
Hace tiempo que toso y escupo oscuridad, ¿moriré?
Moriremos todos.
Tengo frío y me rodea. El desasosiego me responde "ya no importa, ya no importas, estás perdida y te han perdido".

Ya no importa...

Amores drogados.

Venga va, echan otra de caos etílico, puestas en escena, pastillitas de colores y alucinaciones. Elefantes rosas, cómo no. Que sí, que la gente no sabe amar sin LSD en el corazón y sólo con una dosis de cannabis muestran su verdadero yo. Lo que son las plantas, hacen que la bella demuestre lo bestia que es, y que la bestiaparezca en realidad bella.
Cada día más personas cubren de suciedad el significado de la palabra amor, cada día infunden oscuridad en loste quiero que deberían ser solo signo de verdadero afecto, cariño, amor por la otra persona.
No, no, a mí no me contéis historias en las que cada frase empieza por un porque, a argumentos razonados no hay sentimiento que valga, porque el cerebro y el corazón tienden a no entenderse y, si se planea amar, se pierde todo.
Necesitan de sustancias para sacar sus verdaderas emociones, se construyen yos paralelos en un mundo de cristal.

La rosa en la urna.

Imposible que una flor permanezca viva sin oxígeno, sin vitalidad y sin luz, imposible que un sentimiento permanezca puro cuando se le obliga a nacer, se le fuerza a mantenerse y se utilizan colirios para provocar las lágrimas de tristeza cuando este se queda sin fuerzas.

Those silly things

Sentirse pájaro, sentirse aire, sentirse humo, sentirse nada.

Soy un gato que bebe su leche, ahora un anciano que juega con su nieta, ahora un bebé que acaba de nacer.

Sentirse nube, sentirse lluvia, sentirse nieve y luego granizo.

Puedo ser aquel que ha muerto, el asesino que limpia su cuchillo y aquellos que sufren la pérdida. Puedo ser la lágrima que cae o la carcajada que flota.

Sentirse llanto, sentirse beso, sentirse risa.

Ahora soy el corazón que late por impulso, con un ritmo acelerado por amor; el corazón que acalla sus latidos, ya que la muerte caprichosa ha aferrado su oscura mano a sus ventrículos.

Sentirse niño, sentirse adulto, sentirse anciano, sentirse nadie.

No quiero ser aquello que soy, la mitad de algo; no quiero ser aquello que soy, intentando definir un estado de ánimo.

Sentirse música, sentirse euforia...


Sentir y punto.

Noche de jueves.

Mi cuerpo andaba, yo no veía nada. Abría los ojos, más y más, pero no lograba captar luz alguna. Todo lo contrario, la oscuridad se instalaba en mi retina y cabalgaba a sus anchas por mis nervios para, al llegar a mi cerebro, minar toda sensación de realidad. Yo caminaba por el que antes era mi mundo, lo reconocía, pero ahora sólo eran contornos -sin luces ni sombras- y tropiezos continuos con todos mis fallos, expuestos en esa habitación como si de un teatro de lo macabro se tratase.
Un desgarro en mis entrañas y todo lo oscuro de mi cuerpo fue vomitado al exterior.
Sin más.

No hubo tensión como prólogo, ni siquiera una anestesia final. Un tirón en mi piel, una herida que ahora me escuece. Así, desesperada y dolorida, con la oscuridad aún brotando de mi intestino, dí con el interruptor a la realidad.
Mis pupilas se contrajeron -o quizás se dilataron de placer- y volvió mi mundo anterior con sus colores y sus formas, sus luces y sus sombras, acechantes, a la espera de un nuevo apagón que envuelva mi existir en su oscuridad.
Suéltate el pelo. Háblale al viento. Busca. Siente el sol acariciando tu cuerpo. Camina entre las espigas. Busca.
Creíste que todo eso era real, que todo tu mundo era un pedazo frágil de cristal. Realmente lo era, antes. Ahora todo está roto.
Llora si quieres llorar. Sabiéndote inútil, ¿qué más podrás hacer?
Todo ha cambiado, ahora es otoño y las mentiras del verano quedaron atrás. Y tú, pobre e indefensa, no puedes hacer nada.
Bucea en tus sueños.
Escapa de la realidad.
Miéntete.

Dime qué se siente.

Una presión en el pecho, un cosquilleo en las manos, un acelerón del corazón, una dosis masiva de adrenalina...
Ni siquiera lo ví venir y ya me inundó. Su aroma se instaló en mi piel, ese efluvio embriagador que tanto me gustaba se metió por todos los poros de mi cuerpo, llegando a mi sistema nervioso, apoderándose de mi ser. Sentía sus caricias por toda mi geografía, explorando cada rincón, con sus dedos caminando desde mi ombligo hasta el nacimento de mis senos. Se apoderaba de mí, con dulzura, y yo, cada vez le daba más me aproximaba más, dándole mi cuerpo. Finalmente, una explosión de calor, que me llenó, naciendo en mi corazón, llegando hasta las puntas de mis dedos y terminando en mi garganta, que lo transformó en un grito libertario. No veía nada, no pensaba nada, sólo sentía: su cuerpo entre mis piernas, sus labios en mi pecho, sus brazos creando una cárcel de músculo, piel y hueso de la que nunca, jamás, querría escapar.
Carne contra carne, principio y fin de todo.