Sentía mi corazón martilleando contra el pecho, taladrándome por dentro, pero ese dolor hacía que me sintiese real, que no flotase a mis ensoñaciones para escapar. Corría a través de las calles, tropecé mil veces, atropellé a decenas de personas y ni siquiera pedí perdón. Huía. Lo más surrealista es que era de ti. ¡De ti! De golpe toda la neblina que ocupaba mi cerebro se esfumó y los recuerdos de hacía media hora me atacaron, todos a la vez y sin compasión.
Salí pronto de clase esa tarde. Pensé en pasarme por tu casa sin avisar, para darte una sorpresa. Así que cogí la bicicleta y fuí por un atajo, ese por el que intentaste llevarme alguna vez pero que por miedo no solía usar. Poco espacio entre la pared y la caída de 5 metros. Así que armada de valor y con la bicicleta bien agarrada me encaminé a completarlo. Un resbalón, cayó una piedra, mi frente goteó... Por suerte recobré el equilibrio a tiempo, para asustarme aún más cuando oí revolverse los arbustos.
Taquicardias varias y sorpresa después, cuando ví aparecer tu cabecita alborotada llena de carmín y ramitas. Y detrás ella. Lo irónico fue la sorpresa y el dolor en tus ojos, cuando la del corazón en pedazos era yo.
Abandoné la bicicleta y salí corriendo mientras tu gritabas que esperase y mi nombre.
No podía ser, ¡no podía ser cierto! Demasiadas coincidencias y... ¡con ella!
Macabro plan del destino, a mi parecer.
Sentí una punzada en el pecho y me ví obligada a parar-a caer- contra el suelo. Me temblaban las piernas y me dolían las magulladuras que me había hecho a lo largo de mi carrera. Mi cuerpo me rechazaba. Como tú.
De repente me encontré perdida en esa calle sin nombre, con personas desconocidas que me miraban como si acabase de caer del cielo.
Dios, todo iba tan bien, todo era tan perfecto...
[3 días después]
- Lo siento, lo siento, lo siento... No sé cómo más quieres que te lo diga, de qué manera, sabes que te quiero, lo sabes...
Me escondí detrás de la puerta de la taquilla. Cerré los ojos e inspiré hondo, esperando a que mis rodillas dejasen de ser de mantequilla. Su voz sonaba... atormentada, es la palabra.
Respiré hondo un par de veces y me armé de hielo para mirarle.
Me encontré con sus ojos, verdes y tristes, suplicantes.
- No lo sé y tu tampoco lo sabes.
- Sí que lo sé, te quiero Nuria.
Podía ver las lágrimas brillando a través de sus pestañas espesas. Sentía deseos de quitárselas con las yemas de los dedos, besarle los ojos y decirle "tranquilo, todo va bien, te quiero". Pero reprimí mis intintos y la angustia, para decirle secamente su sentencia de muerte.
- ¿Por qué yo soy capaz de ver las cosas que tienes delante y tu no? Pablo, te acostaste con ella, ¡con ella! Y yo... yo te quiero, yo sí te quiero, pero no confío en ti. Ya no. Y si no nos queda confianza, ¿qué queda? Mi amor y tu lujuria. No quiero algo así.
Me di la vuelta y ahogando los sollozos le dije adiós.
No hay comentarios:
Publicar un comentario