Una presión en el pecho, un cosquilleo en las manos, un acelerón del corazón, una dosis masiva de adrenalina...
Ni siquiera lo ví venir y ya me inundó. Su aroma se instaló en mi piel, ese efluvio embriagador que tanto me gustaba se metió por todos los poros de mi cuerpo, llegando a mi sistema nervioso, apoderándose de mi ser. Sentía sus caricias por toda mi geografía, explorando cada rincón, con sus dedos caminando desde mi ombligo hasta el nacimento de mis senos. Se apoderaba de mí, con dulzura, y yo, cada vez le daba más me aproximaba más, dándole mi cuerpo. Finalmente, una explosión de calor, que me llenó, naciendo en mi corazón, llegando hasta las puntas de mis dedos y terminando en mi garganta, que lo transformó en un grito libertario. No veía nada, no pensaba nada, sólo sentía: su cuerpo entre mis piernas, sus labios en mi pecho, sus brazos creando una cárcel de músculo, piel y hueso de la que nunca, jamás, querría escapar.
Carne contra carne, principio y fin de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario