3 de julio de 2010

Amor de hermanos.

Si me duermo... si me duermo, cuídame, méceme en tus brazos para que no despierte. Aparta el dolor yabrázame...
Sus palabras resonaban en mi cerebro, aún recordaba sus vacilos al respirar y su voz cansada. A medianoche se apagó, tal cual se apaga una vela sin mecha, sus ojos titilaron y exhaló su último aliento y una última sonrisa a mi cara.
Los científicos están locos, dicen que no sigue aquí, pero yo la veo, la siento y la oigo, aunque ya no respire, aunque no sonría ni me toque, noto su presencia a mi alrededor, constantemente...
Ella es la almohada a la que susurro mis penas.
Mi única amiga.

[...]
Hace siete años que ella murió, siete años sin ver a mi hermano. Encerrado con su recuerdo pasaba días y noches durmiendo, sin comer, solo para alimentarse de su sombra.
Hoy fui a verlo por enésima vez. Suelo llevarle la comida cada semana, para que al menos continúe vivo. Jamás abre la puerta si sabe que estoy allí. Siete años de indiferente rutina. Pero hoy... la puerta estaba abierta. Me dispuse a dejar la bandeja en el suelo, pero no pude contener mi curiosidad. Quería verle, comprobar si seguía siendo quien yo recordaba.
Obvié el hedor que provocaban los desperdicios del suelo -restos de comida, desechos humanos, basura acumulada- y penetré en la oscura estancia. Accioné el interruptor de la luz, pero ninguna bombilla se encendió, por lo que supuse que la compañía eléctrica le habría cancelado el suministro al no pagar las facturas. Sorteé como pude la basura y los diversos animales -contener gritos y pánico- y me encaminé al dormitorio principal. Era un pasillo estrecho y en sombras, pero en la penumbra distinguí manchas en las paredes. Creadas por manos. Sangre seca.
Me apresuré y entré en la habitación. Allí el olor era tan fuerte que los ojos me lagrimeaban, pero mi realidad -el hedor, el asco, la angustia- se desplomó al ver el cuerpo demacrado y sin vida de mi hermano sobre la cama.
Corrí hacia él y me fijé en que había una nota a su lado:

"Os dije que ella seguía viva y no me creísteis. Ahora tendréis motivos para creer."

Oí un crujido a mi espalda y me giré. No vi nada y me regañé a mí misma por haber tenido miedo de lo que sería una estúpida rata. Los fantasmas no existen, ¿recuerdas? Pero esa voz no era mía.
Agazapada en las sombras, la criatura me habló con voz gutural y acuosa. Intenté salir de la habitación, pero la puerta se cerró. La masa de carne putrefacta se abalanzó contra mi cuerpo, clavando sus dientes en el mío. Mi piel se desgarró y la sangre caliente y pegajosa se extendió por mi ropa. Me aplastaba. Noté como varias costillas se quebraban, astillándose contra mis músculos. Grité. Clavó de nuevo su dentadura en mi carne, arrancando pedazos de mi ser.
El mundo se nublaba.
Todo se apagó.

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