10 de diciembre de 2010

Jugar con las cosas de mamá nunca era buena idea: siempre terminaba enfadada, con aquellas arrugas tan feas en su frente. Enfadar a mamá me ponía muy triste. Por eso, aquel día, después de embadurnarme con su pintalabios rojo -ése tan bonito que se ponía los domingos cuando paseaba con papá- me escondí asustada en mi habitación. El papel del baño no había borrado todo el carmín y el estropicio del lavabo era indescriptible. Comencé a llorar a gritos mientras me frotaba la cara para quitarme el colorado de las mejillas, pero cada vez que restregaba se hacía más grande la mancha, hasta acabar con toda la piel cubierta. Oí la puerta y me escondí con pánico dentro del armario. Seguí llorando, pero bajito, como si le llorase a las perchas. Mamá me llamaba, cada vez más preocupada, pero cuando entro al baño gritó. Entonces ya no me llamaba con angustia, si no con enfado en la voz.
Deseé desaparecer o hacerme invisible con todas mis fuerzas, cerré los ojos tan fuerte tan fuerte que veía galaxias en mis párpados. Pasó mucho tiempo, no recuerdo ni siquiera cuánto. Las piernas se me pusieron rígidas -mamá siempre decía que era porque estaban aburridas- y terminé por dormirme entre los vestidos.
Al despertar ya no sabía dónde estaba, no recordaba nada. Confusa, abrí la puerta del armario y la luz me cegó. A tientas salí de mi habitación y busqué a mamá. No estaba en el salón, ni en la cocina, ni en el despacho -y eso que se pasaba casi todas las tardes allí-. Subí a su habitación, pero tampoco estaba. Aunque la cama estaba deshecha, y ella también había manchado las sábanas con el rojo pigmento. Fui al baño, por si acaso estaba en la ducha y no me oía. Había muchísimo pintalabios por el suelo, aunque era más rojo que el de mamá. ¡Bien! Más colores que probar. ¡Ah, ahí estaba mamá! Lo sabía, dentro de la bañera no me habría oído. Pero no entendía por qué estaba todo el agua llena de carmín, estaba roja, rojísima. Y mamá se había dormido, y no se despertaba ni siquiera cuando la zarandeaba.



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