3 de julio de 2010

Sueños de princesas/muerte de sentimientos

Abro el portal y me encierro en el ascensor, en su frialdad metálica, en su falsa seguridad. Nunca me gustaron las palomitas de colores, ni el algodón de azúcar. Eran empalagosos, irreales. Otra cosa es que lo quisiera sentir fuera de mi paladar. Un amor dulce, con sabor a piruleta. Sin embargo, cuando se termina, te deja la boca seca, haciendo que maldigas el sabor a fresa azucarada. Me miro en el espejo de mi cápsula de acero. Las puertas se abren. Vuelven a encerrarme dentro.
Distante.
Ahí estaba yo, escondida del mundo, enterrada entre esqueletos de afecto y envoltorios de caramelos. Ya sabía que el amor era agridulce, pero el paso del tiempo y una muralla de sueños hicieron que en mi mente solo quedase un eco de la última parte.
Pero no.
Volvías a ser el palo de mi piruleta y yo la que odiaba la gravedad. Esa que hacía que cayese, una y otra vez. Quería gritarle "¡Déjame en paz! ¡Quédate haciendo caer manzanas y pasa de mí!". Pero no. La aceleración es para todo el mundo y debemos chocarnos, una y otra vez, contra el suelo.
Yo solo quería endulzar mi vida un poco y la tuya al tiempo, pero acabamos con sobrepeso y una venda en los ojos para no ver que se nos acababa el tiempo. Las manecillas del reloj se juntaron, tocaban las 12 y Cenicienta debía irse, pero el príncipe no encontrará el zapato. Esto es una discoteca abarrotada de gente y el charol acabará en objetos perdidos o, en el peor de los casos, en las manos de un borracho, drogado y sin amor.
En mi mundo los te quiero ya no existen en su significado pleno, ni los besos a mediodía por el simple hecho de querer mostrar un sentimiento. Por el simple hecho de ser feliz.
Sin embargo, la felicidad se escapó de mi vocabulario de puntillas para que no me diese cuenta. No tenía porqué, aunque hubiese gritado un desalmado "¡Me largo de tu vida por siempre jamás!" con portazo en mi corazón incluído no me hubiese enterado. Demasiado ocupada estaba escuchando la música en mis oídos y contándole al aire que mi mundo era perfecto. Ingenua.
Yo quería un cuento de hadas, pero mi versión incluía un príncipe enamoradizo, una reina prendada de este y una princesa despistada y confiada. Pero que no quiere dejar al príncipe a merced de sus reales brazos. Y ni siquiera una manzana llena de anfetaminas conseguirá que el príncipe vuelva. Igual ni siquiera es el príncipe adecuado, pero es su príncipe. Al menos, lo era.

Abro los ojos para comprobar que sigo en el ascensor. Alucinando en los mundos de Disney y derrumbada, ¿por qué el único cuento triste tenía que ser el mío? Me levanto a duras penas y salgo del ascensor. Saco las llaves, mano temblorosa y tintineo en la cerradura. Entro en casa y corro -vuelo- a mi cama.
La bella durmiente pudo dormir cien años, ¿por qué no yo?

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