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5 de noviembre de 2011

Y después de muchos días, he sido capaz de llorar. Por películas, sí, pero me he demostrado que aún sigo teniendo esa capacidad. Que sigo sintiendo. Que sí que me importan las cosas. Espero.

normalmente me quedo en los créditos... not this time

Día 21: Y seguimos.

3 de noviembre de 2011

Antes sabía dirigir mis sentimientos. Obligarlos. Reprimirlos. O exaltarlos. ¿Y ahora? ¿He perdido esa capacidad?
Quizás es que ya ni siquiera sé sentir.

Día 20: Un maldito témpano de hielo que no se derrite con nada.

28 de junio de 2011

Waste of space.

Y de tiempo.

Mentira, sólo de vez en cuando y en tu mente. En tu mente, ¿verdad? Porque todo es fruto de tu mente paranoica y auto destructiva.
Quizás no. Pero no te puedes meter en su mente ni manipular sus sentimientos. Ni quieres. Si te quieren es por ti, no por manipulaciones.
Aprende. Aprende de una vez. No es "o comes o te comen", es "aprende a vivir feliz dando lo que cada persona merece". Siempre das demasiado y al final te vacías. Aprende a medir.

Tal vez te da miedo darte cuenta de que quienes pensabas que merecían mucho no merecen nada.

6 de febrero de 2011

But who's gonna save you, little girl?

Las relaciones son heridas en la piel. Hay quienes tratan de cicatrizarlas lo antes posible, para así evitar el dolor. Hay otros que la dejan al aire, sin tirita y sin betadine de por medio, para que siga el curso natural, permitiendo que los glóbulos blancos creen una fuerte costra y dejando que el tiempo deshaga todo, con una pequeña cicatriz apenas visible, de las que cuando rozas tan sólo produce cosquilleo, como muestra de su anterior existencia. Y, hay otros, que cada vez que ven un pequeño raspón, un pellejo fuera de lugar, tiran de la piel y rascan en la herida para sentir. Para que dure, penetrando en su ser hasta ser capaces de desangrarse. Por un simple roce. Las heridas son tan profundas que ni sanan, tanto que no cicatrizan en su totalidad, dejando una cicatriz informe y larga, que escuece y duele cada vez que la tocas, que te recuerda todo el proceso hasta llegar a ese punto, que te hace lamentarte de haberlo hecho, ya que te ha dejado marcada de por vida.

Por eso me da miedo. Cada vez que me ilusiono y arranco mi propia piel por una causa vacía.
Pero... es que, si no, ¿de qué sirve? Si no te dejas la piel, ¿para qué? Porque ya he tenido una herida de las que cierras a la fuerza. Y no me gusta. No me gusta porque duele aún más que cuando fuerzas a que esté.

¿Y los demás? ¿Y tú?

Creo que desvarío.
And maybe this is worthless. Because I'm nothing to you. And stupid, by the way.
Perhaps it's me the worthless one.

8 de enero de 2011

¿Crees que queda alguna posibilidad? ¿Alguna semilla viva, algún brote sin quemar? ¿Algún superviviente del incendio que nos arrasó? Nació de mis entrañas y te apresó con mi abrazo, ¿he de disculparme? ¿Acaso he de culparme e incluso odiarme por reducir nuestro bosque a cenizas? Te quise demasiado. Tanto que las quemaduras me duran, siguen sin cicatrizar porque todavía me dueles, porque aún estás enredado en mis costillas y yo no quiero que te vayas. Estás tan dentro de mí que al irte me arrancarías los huesos, me desgarrarías la carne, me dolerías más aún.
No te hablo de amor, al menos no de quererte ahora, no tanto como antes. Te hablo del recuerdo, de cómo anidaste y ya no puedes salir, no hay forma de quitarte. He sido capaz de mantenerte a raya, de que no sobrepasaras el límite impuesto por mi razón, pero has escapado y has vagabundeado por cada recodo de mi memoria, despertando sensaciones que creía marchitas.
Hablar contigo y sentirme nerviosa, no saber qué decir o hacer, mirar por la ventana.

Quizás deba colocar diques más fuertes, algo que retenga mis emociones, mis recuerdos, que me permita vivir en paz con el pasado y conmigo, para no sentir que eras lo único que merecía la pena de mí y por eso te fuerzo a quedarte.

23 de diciembre de 2010

All I want for Christmas...
is a heart that beats.


Y a las personas que hiera en el futuro, perdón por adelantado.


* * *

Llevo varios días soñando con mi hermana. Dicen que cuando sueñas con alguien es que esa persona te echa de menos.
Entonces tiene que soñar mucho conmigo.

4 de diciembre de 2010

Sonrisas perdidas y libertades olvidadas, ¿qué fue del "quiero y puedo"? Se quedó perdido entre alcohol y lágrimas, junto con el pudor y la mayor parte de mi dignidad amorosa.
Espero no volverte a ver.

(y a pesar de ello te sigo buscando en cada coche, cada calle, cada foto)

29 de noviembre de 2010

Cuando supe por primera vez que mi hermana se iba a Alaska pensé que sí, la echaría de menos, pero que sería soportable. Y una mierda. La echo tanto de menos que me duele cada vez que necesito hablar con ella y que me de un abrazo. Necesito los momentos de idiotez cuando bailábamos lady Gaga en su habitación. Ver películas con ella, hablar de todo. Que me pidiese huevos revueltos para cenar y que luego me hiciese chocolate caliente con nata montada. Echo de menos hacerle fotos, echo de menos incluso las discusiones y las peleas.

Hay veces que entro en su cuarto solo para pensar que sigue aquí. Al menos algo permanece. Supongo que por eso casi todos los días llevo algo suyo, un jersey, una bufanda, un anillo, lo que sea.

Un mes se me hizo demasiado corto. Sobre todo teniendo en cuenta que no sé cuándo podré volver a estar con ella.

17 de septiembre de 2010

Solo ha existido otra persona capaz de revolverme todas las neuronas. No me hizo ni caso, pero yo sigo pensando en él... y tu... te tengo y me da miedo acercarme más y estropearlo, no estar segura del todo y que vuelva a ser lo mismo, volver a hacerte daño, otra vez.
Prefiero tener la felicidad asegurada.


(y de él no sé nada, tampoco sabría cómo reaccionar si le viese, supongo que bajaría la mirada, como siempre)

1 de septiembre de 2010

Rompió la pared acartonada de su habitación y extendió sus alas más allá de su jaula, tomando impulso para lanzarse al terrorífico, y aun así emocionante, mundo exterior. Inhaló el oxígeno de la libertad y subió, notando los músculos estirándose y aplastándose entre la piel y los huesos. Le gustaba esa sensación, sabiéndose forzada, ya que jamás había flotado en las corrientes de aire antes, pero allí estaba, atravesando aterida esas nubes grises. Cerraba los ojos y se dejaba llevar, notaba el viento mesando sus cabellos, en todas direcciones. De repente abrió los ojos y miró hacia abajo. Aquellos diminutos humanos, aquellas minúsculas luces moviéndose con esas insignificantes personas dentro, aquellos gigantes de hierro, cristal y hormigón, esas eternas montañas y esos océanos, mares, lagos, ríos, que seguirían por siempre un mismo curso. ¿Qué importaba ella entre esa fauna de carne y cemento? Era solo una más, sólo una más.
Sin embargo, esa presión en el pecho, la imposibilidad de respirar... cerró los ojos y las alas, dejándose caer, para llegar al lugar al que siempre había pertenecido y odiado. Su hogar. Su hogar.

12 de julio de 2010

Sé quién soy yo, no estoy tan segura de quién eres tu.
No, tampoco sé quién soy.

3 de julio de 2010

Confusión/indecisión/CAOS

Me espera otra noche de insomnio, escuchando música, reprochándome todo lo hecho y lo que haré, porque seguramente vuelva a errar. Realmente hay veces que lo único a lo que aspiro es a huir, extender estas alas imaginarias pero que siento, y que me agobian al presionar contra las paredes y no poder salir. Sin embargo, al mismo tiempo que esta asfixia me inunda, aterrorizada me hallo ante el mundo exterior, ante la incertidumbre de si sabré mantener el vuelo o caeré por mi propio peso.
Ni siquiera sé si será suficiente el ansia que tengo que escapar de este agujero, de todo el mundo que me rodea y comenzar de nuevo, no sé si será suficiente para dejar atrás el miedo. Quizás es este mismo agujero y estos problemas los que me mantienen viva, los que no impiden que me hunda en la mugre pero que me mantienen a ras del suelo.
¿A qué he de aspirar? ¿Quedarme en este estado? ¿Romper con todo y huir?

No lo sé, no lo sé, hacía demasiado que no pensaba en mí, en mis intereses. Mis intereses, ¿se puede saber cuáles son? Ni yo misma lo sé y parece que absolutamente todo el mundo que no sea mi propia persona lo sepa, quizás es que soy lo más ignorante que existe para no ser capaz de saber qué es lo que me conviene para labrar mi propio futuro.
Porque al final solo quedo yo, primera persona de singular. Solo yo.
No depender de nadie, no depender de nadie. El caso es que siempre he sido independiente. SIEMPRE.
¿Qué ha cambiado y no he sido capaz de ver? Heme aquí, ciega ante todo. ¿Ciega o cegada?
No lo sé, no.lo.sé, nolosé.

Amar sí, pero no de esa forma.

Acurrucado contra su falda, David tiritaba, no por frío sino por falta de abrazos. Como un gato, se estrujaba y apretaba contra aquella tela liviana de flores. Notaba las formas de su cuerpo a través, deseoso de bajar la mano para subirla de nuevo por aquella piel satinada, pararse y palpar las rodillas y continuar hasta ese cielo que se escondía en la bifurcación de su camino. Pero no, debía quedarse en aquel jardín de flores verdes y azules, sobre su tierra blanca. Se apretó un poco más, con fuerza, hasta que el fémur de Lucía le amoratonó el brazo. Quizás así se fusionasen y jamás tuviesen que decir adiós. Tenía miedo de subir la mirada, atravesar el vacío de aquella blusa blanca cuyos botones había arrancado con furor y continuar por el sendero de aquel cuello blanco, recorrido cortado por un río carmín, hasta llegar al destino final.
La belleza natural que poseía ese rostro era inigualable, incluso ahora que estaba con aquella expresión lánguida, con los cristalinos ojos abiertos y fijos, las mejillas pálidas y la boca entreabierta, con aquellos labios que aparecían ahora yermos y de color apagado, cuando solían estar llenos y rosados, abiertos para formar una sonrisa.
Pasaron las horas y David no cambió de posición, tratando de transmitir algo de calor y vida a aquel cuerpo al que tan tiernamente se la había quitado. Solo había intentado amarla, quererla, pero ella ¡ella! tras años de coqueteos infructuosos y de calentamientos gratuitos le había dicho que no pretendía dar esa impresión y que no quería nada más que una bonita amistad con él. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Aguantarse la humillación del rechazo con una sonrisa amarga y aceptarlo? No, una zorra como ella no iba a ser capaz de hacerle pasar por eso. Así que la cogió por los brazos y la zarandeó, gritando que la amaba, que la quería y que sabía que ella también. Ella, como no, trató de zafarse, pero la apretó aún más, la estampó contra la puerta y contra tapó su boca, mientras con la otra mano palpaba el pelo rizado de su coño, hurgando con los dedos. Lucía había roto a llorar, pero este hecho no hizo que su acusada erección se calmase, sino que le excitó aún más. Agarró su pelo, ahora convertido en maraña, y apretó su bonita cara de nuevo contra la puerta, hasta que ella gritó de nuevo.
Llegados a este punto su pene parecía a punto de explotar. La separó de la puerta y la tiró al suelo, le arrancó la blusa y palpó aquellos senos suaves y turgentes que habían hecho las delicias de sus sueños más húmedos. Mordió su pezón izquierdo hasta saborear la sangre. Bajó su bragueta y sacó su palpitante miembro para clavárselo hasta las entrañas. Lucía gritaba, lloraba, se contorsionaba como una culebra debajo de su cuerpo y trataba de cerrar las piernas y empujarle fuera de su ser. Él se clavó aún más en su interior y, al tiempo que ella le propinaba un puñetazo en la cara, un torrente de semen emergió y un sentimiento de glorioso triunfo se instaló en su pecho. Pese a ello, tenía la cara dolorida y estaba furioso, por lo que agarró su cuello con ambas manos y apretó, hasta que aquellos ojos aterrados perdieron su brillo y aquel cuerpo dejó de moverse.

Horas más tarde, David se apretaba contra su cuerpo, tratando de revivirla, temeroso de mirar ese rostro al que había quitado la vida, mientras el amanecer se instalaba anaranjado en el cielo.


A las nueve de la mañana, puntual como siempre, Isabel entraba en la oficina.
- Buenos días -dijo a la recepcionista- ¿algún mensaje para mí?
- No ha llegado nada, señora Suárez. Por no llegar, no ha llegado ni siquiera el señor Ramírez.
- ¿Aún no ha llegado? ¡A las diez tenemos la reunión con Coprisa! Por favor, trata de contactar con él lo antes posible, llama a su casa, al móvil, pero ¡que aparezca!
Enfadada, Isabel se dirigió a su despacho. Dió un sorbo al café que llevaba en la mano, aún demasiado caliente, por lo que se escaldó la lengua. "Buena forma de empezar el día, sí señor" pensó mientras dejaba el maletín sobre la mesa. Nerviosa, cogió el auricular del teléfono y marcó la conexión con la recepcionista.
- María, ¿se sabe algo de David?
- He llamado a su casa y su mujer me ha dicho que anoche no apareció por casa y su móvil está apagado.
- De acuerdo, gracias.
Colgó el auricular y salió del despacho. En el pasillo se cruzó con algunos empleados de la limpieza, que se dirigían al despacho de Ramírez. Oyó cómo una mujer decía "Vaya, pero si está abierta" y su grito posterior.

Azucena, de 47 años y empleada de la limpieza en una oficina de distribuición, nunca había tenido una vida demasiado fácil. En su casa nunca había sobrado el dinero y tuvo que empezar a trabajar muy joven, renunciando al sueño de hacer una carrera universitaria, como empleada del hogar. Cuando tuvo a su primer hijo se prometió que su descendencia no pasaría las mismas penurias que ella, por lo que buscó dos empleos, esforzándose por conseguir el dinero suficiente para darles una vida mejor. Poco a poco había conseguido un situación estable con una cuenta de ahorros, no excesiva, pero tampoco despreciable. Había visto cosas horribles en su vida, pero la que sus ojos ahora presenciaban era la peor de todas.
Lucía, becaria de 26 años, estaba tendida sobre el suelo con la blusa medio arrancada y carente de vida, y, a su lado, con ríos carmesí brotando de sus muñecas, se encontraba David, de 35 años y director de publicidad.

meZclas

Si me sueltas entre tanto viento, ¿cómo voy a continuar?
La música fluía por sus oídos en dirección a su cerebro. Fluía de sus ojos, mezclaba la voz dulce y las suaves palabras con la gente, se mezclaban y mecían como un mismo ser con la cadencia del sonido. El cielo ya no era gris si no azul, la masa que la rodeaba ya no eran anónimos, eran ella, fusionados por un motivo, un único objetivo: vivir.
No andaba, bailaba. No llegaba a tiempo por tonta, pero no le importaba perderlo -¿ganarlo?- si al fin era feliz. Dar vueltas, vueltas, vueltas, girar y girar entre la multitud y dejarse llevar, llevar por la corriente, llevar por el sonido y por ella misma, por sus sentimientos, sensaciones.

La última nota se quebró en el aire y ella respiró la nostalgia que dejó. Abrió los ojos. Volvía a ser la calle gris, mojada y triste, volvían a ser las personas que la atropellaban sin siquiera mirarla, el mismo cielo que se caía en pedacitos sobre su cara.
Dejó que se empapase su pelo, la pulmonía no le importaba siempre y cuando la habitación del hospital oliese amandarinas.

Maullaba gotas de cristal.


Solía limarse las garras cuando nadie la veía. Allí en la azotea nadie la controlaba y era feliz de verdad. Escapaba a su escondite de alturas en cuanto tenía ocasión y, cuando bajaba a tierra, vagaba a cuatro patas en su mundo de fantasía y bigotes felinos a quienes ronronear su amor.
Un día, el gato gris desapareció. ¡Puf!, se esfumó de sus pensamientos.
Esa noche la gata del tejado subió por última vez a la azotea. Maulló su desgarro y sus maullidos se transformaron en esquirlas de cristal que hirieron su corazón.
Hace tiempo que no veo a la gata del tejado. Supongo que estará en otra ciudad de cielos grises limpiándose del hocico el chocolate. Curando el desamor.
Ansío volver a ver a mi gatita ronronear.

Amor de bicicletas.

Sentía mi corazón martilleando contra el pecho, taladrándome por dentro, pero ese dolor hacía que me sintiese real, que no flotase a mis ensoñaciones para escapar. Corría a través de las calles, tropecé mil veces, atropellé a decenas de personas y ni siquiera pedí perdón. Huía. Lo más surrealista es que era de ti. ¡De ti! De golpe toda la neblina que ocupaba mi cerebro se esfumó y los recuerdos de hacía media hora me atacaron, todos a la vez y sin compasión.

Salí pronto de clase esa tarde. Pensé en pasarme por tu casa sin avisar, para darte una sorpresa. Así que cogí la bicicleta y fuí por un atajo, ese por el que intentaste llevarme alguna vez pero que por miedo no solía usar. Poco espacio entre la pared y la caída de 5 metros. Así que armada de valor y con la bicicleta bien agarrada me encaminé a completarlo. Un resbalón, cayó una piedra, mi frente goteó... Por suerte recobré el equilibrio a tiempo, para asustarme aún más cuando oí revolverse los arbustos.
Taquicardias varias y sorpresa después, cuando ví aparecer tu cabecita alborotada llena de carmín y ramitas. Y detrás ella. Lo irónico fue la sorpresa y el dolor en tus ojos, cuando la del corazón en pedazos era yo.
Abandoné la bicicleta y salí corriendo mientras tu gritabas que esperase y mi nombre.
No podía ser, ¡no podía ser cierto! Demasiadas coincidencias y... ¡con ella!
Macabro plan del destino, a mi parecer.


Sentí una punzada en el pecho y me ví obligada a parar-a caer- contra el suelo. Me temblaban las piernas y me dolían las magulladuras que me había hecho a lo largo de mi carrera. Mi cuerpo me rechazaba. Como tú.
De repente me encontré perdida en esa calle sin nombre, con personas desconocidas que me miraban como si acabase de caer del cielo.
Dios, todo iba tan bien, todo era tan perfecto...

[3 días después]

- Lo siento, lo siento, lo siento... No sé cómo más quieres que te lo diga, de qué manera, sabes que te quiero, lo sabes...
Me escondí detrás de la puerta de la taquilla. Cerré los ojos e inspiré hondo, esperando a que mis rodillas dejasen de ser de mantequilla. Su voz sonaba... atormentada, es la palabra.
Respiré hondo un par de veces y me armé de hielo para mirarle.
Me encontré con sus ojos, verdes y tristes, suplicantes.
- No lo sé y tu tampoco lo sabes.
- Sí que lo sé, te quiero Nuria.
Podía ver las lágrimas brillando a través de sus pestañas espesas. Sentía deseos de quitárselas con las yemas de los dedos, besarle los ojos y decirle "tranquilo, todo va bien, te quiero". Pero reprimí mis intintos y la angustia, para decirle secamente su sentencia de muerte.
- ¿Por qué yo soy capaz de ver las cosas que tienes delante y tu no? Pablo, te acostaste con ella, ¡con ella! Y yo... yo te quiero, yo te quiero, pero no confío en ti. Ya no. Y si no nos queda confianza, ¿qué queda? Mi amor y tu lujuria. No quiero algo así.

Me di la vuelta y ahogando los sollozos le dije adiós.

Muñeca.


Casi me como los dedos de las ganas de verte, de abrazarte y perderme entre tus sábanas.
Ansío encontrarme contigo, cuerpo a cuerpo y sin aire siquiera entre nosotras.
Arrancarte el carmín a besos y la ropa a caricias, no sé, tenerte.

Como una muñequita de plástico.

This world is ours.

Llueve.
Sobre mojado.
Enormes gotas de recuerdos.
Fragmentos de mi memoria gastada.
De la tarde en la que me bebí tu aliento.
Llueve.
Mi alma se inunda.
Se me derrama el pecho.
Alzo los brazos al cielo.
¿Por qué no para de llover?
Grito en silencio, para acallar la voz de tu infierno.
Del nuestro.
Mi soledad - tu soledad
Ya no somos nosotros y jamás lo seremos.
Por favor.
Achica el agua de mi cuerpo.
Cúbreme de presente y no de pasado.
Cúrame a besos la ausencia.
Dime te quieros en braille.
Hazme notar tu presencia.
Tirito.
Abrázame, quítame frío.
Desabróchame el abrigo y haz de tu cuerpo uno nuevo.
Hagamos la fusión perfecta.
Seamos armonía en compases.
Combinación de colores sublime.
Déjame penetrar en tu cuerpo.
Cada paso, será nuestro.
Cada suspiro, será nuestro.
Cada noche, será nuestra.

Que tú/yo/adiós

Que dice que no quiere y que ya no tiene ganas. Que prefiere soledad a una vida entre rejas, que él te pide flores y tu le das ramas secas. Que le quitas, que le robas, ¡que le agotas! el tiempo, las ganas y el sentimiento, que mereciste el cielo y ahora mereces infierno. Que antes eras volcán ardiente y ahora frío témpano.
Que prefiere una botella a tocar tu cuerpo, porque al menos incluye el -ella y tu ansías que pase el tiempo. Que tu... ¡que tu la mataste! ¡La mataste! A la niña de sus ojos, su musa incesante, su bailarina de hielo. Que prefiere una vida aferrado a la silueta de su recuerdo que a tus caderas de olvido.
Que la quiere, ¡que te odia! Que se arrepiente de tus besos y sus actos. Que la revivas ¡por favor! Que si no, la muerte será un dulce descanso en sus brazos.

Sueños de princesas/muerte de sentimientos

Abro el portal y me encierro en el ascensor, en su frialdad metálica, en su falsa seguridad. Nunca me gustaron las palomitas de colores, ni el algodón de azúcar. Eran empalagosos, irreales. Otra cosa es que lo quisiera sentir fuera de mi paladar. Un amor dulce, con sabor a piruleta. Sin embargo, cuando se termina, te deja la boca seca, haciendo que maldigas el sabor a fresa azucarada. Me miro en el espejo de mi cápsula de acero. Las puertas se abren. Vuelven a encerrarme dentro.
Distante.
Ahí estaba yo, escondida del mundo, enterrada entre esqueletos de afecto y envoltorios de caramelos. Ya sabía que el amor era agridulce, pero el paso del tiempo y una muralla de sueños hicieron que en mi mente solo quedase un eco de la última parte.
Pero no.
Volvías a ser el palo de mi piruleta y yo la que odiaba la gravedad. Esa que hacía que cayese, una y otra vez. Quería gritarle "¡Déjame en paz! ¡Quédate haciendo caer manzanas y pasa de mí!". Pero no. La aceleración es para todo el mundo y debemos chocarnos, una y otra vez, contra el suelo.
Yo solo quería endulzar mi vida un poco y la tuya al tiempo, pero acabamos con sobrepeso y una venda en los ojos para no ver que se nos acababa el tiempo. Las manecillas del reloj se juntaron, tocaban las 12 y Cenicienta debía irse, pero el príncipe no encontrará el zapato. Esto es una discoteca abarrotada de gente y el charol acabará en objetos perdidos o, en el peor de los casos, en las manos de un borracho, drogado y sin amor.
En mi mundo los te quiero ya no existen en su significado pleno, ni los besos a mediodía por el simple hecho de querer mostrar un sentimiento. Por el simple hecho de ser feliz.
Sin embargo, la felicidad se escapó de mi vocabulario de puntillas para que no me diese cuenta. No tenía porqué, aunque hubiese gritado un desalmado "¡Me largo de tu vida por siempre jamás!" con portazo en mi corazón incluído no me hubiese enterado. Demasiado ocupada estaba escuchando la música en mis oídos y contándole al aire que mi mundo era perfecto. Ingenua.
Yo quería un cuento de hadas, pero mi versión incluía un príncipe enamoradizo, una reina prendada de este y una princesa despistada y confiada. Pero que no quiere dejar al príncipe a merced de sus reales brazos. Y ni siquiera una manzana llena de anfetaminas conseguirá que el príncipe vuelva. Igual ni siquiera es el príncipe adecuado, pero es su príncipe. Al menos, lo era.

Abro los ojos para comprobar que sigo en el ascensor. Alucinando en los mundos de Disney y derrumbada, ¿por qué el único cuento triste tenía que ser el mío? Me levanto a duras penas y salgo del ascensor. Saco las llaves, mano temblorosa y tintineo en la cerradura. Entro en casa y corro -vuelo- a mi cama.
La bella durmiente pudo dormir cien años, ¿por qué no yo?