3 de julio de 2010

Noche de jueves.

Mi cuerpo andaba, yo no veía nada. Abría los ojos, más y más, pero no lograba captar luz alguna. Todo lo contrario, la oscuridad se instalaba en mi retina y cabalgaba a sus anchas por mis nervios para, al llegar a mi cerebro, minar toda sensación de realidad. Yo caminaba por el que antes era mi mundo, lo reconocía, pero ahora sólo eran contornos -sin luces ni sombras- y tropiezos continuos con todos mis fallos, expuestos en esa habitación como si de un teatro de lo macabro se tratase.
Un desgarro en mis entrañas y todo lo oscuro de mi cuerpo fue vomitado al exterior.
Sin más.

No hubo tensión como prólogo, ni siquiera una anestesia final. Un tirón en mi piel, una herida que ahora me escuece. Así, desesperada y dolorida, con la oscuridad aún brotando de mi intestino, dí con el interruptor a la realidad.
Mis pupilas se contrajeron -o quizás se dilataron de placer- y volvió mi mundo anterior con sus colores y sus formas, sus luces y sus sombras, acechantes, a la espera de un nuevo apagón que envuelva mi existir en su oscuridad.

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