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23 de mayo de 2012

Cuando él llegó la sangre ya empezaba a coagularse y una mano tendía inerte por el borde de la cama. Las sábanas arrugadas y con manchas enredaban a una figura que yacía boca abajo. Se acercó sin apenas atreverse a respirar, conteniendo hasta los pensamientos por miedo a la realidad, y dio la vuelta al cuerpo. El llanto atravesó el suyo como electricidad, sacudiendo cada célula y contrayendo su cara en una mueca de dolor y en un grito que resonó en la habitación. Era él. Él. Aquel al que jamás querría ver en esa situación.
Acarició su cara, la recorrió como quien dibuja las líneas de un mapa, con ternura; se aferró al cabello manchado de sangre y abrazó el cuerpo exánime. Se había ido. Y era a la vez un alivio y un tormento. Se había ido. No podía dejar de repetir esas palabras en su mente, mientras miraba el rostro de quien había sido su gran amor y más horrible pesadilla.
Una vez pasado el llanto, colocó el cadáver en el centro de la cama, quitó la sangre de su cara y arregló las sábanas alrededor. Falsificó una nota de suicidio y limpió todas las posibles huellas que hubiese podido dejar.
Él se había ido, pero la vida continuaba. Y a él no le iban a cazar.

25 de abril de 2011

¿Sabes? A veces creo que el mundo deja de girar cuando parpadeas. Dejas de mirarme y yo desaparezco, muero si no existo en ti. Y cuando aprovechas para perder tus pupilas por el horizonte yo me regocijo contemplando la belleza que me ha regalado la naturaleza. Porque, cariño, eres un milagro natural; tú, que tanto te quejas de tus taras y defectos, tú eres la perfección hecha persona. A veces me pregunto cómo puedo merecer que me mires siquiera y que lo hagas con una mirada tan cálida.
Te hiero y me duele. Porque hacerte feliz me da un universo de emociones, pero si te lastimo me muero por dentro, me marchito. Sin embargo al segundo sonríes y me devuelves la vida.

28 de febrero de 2011

1. Despertar.

En el momento en el que ya no puedes escapar de tus propios pensamientos es cuando te das cuenta de que te estás ahogando. Tratas de respirar y los pulmones se llenan de agua, de angustia. Tu corazón bombea cada vez más rápido, llevando el poco oxígeno que queda a tus extremidades, tratas de salir y tan sólo consigues chapotear de forma lastimosa y hundirte de nuevo, sin haber logrado aspirar algo más que sal. Y sabes, con cada célula de tu cuerpo, que se acabó. No queda posibilidad de lucha, te rindes y sucumbes ante tu propia desgracia, tu auto-derrota. Porque ha sido por ti, por tus estúpidos pensamientos, por lo que has acabado en ese océano de dudas, de indefensión.
Te abandonas y dejas que el peso de tu cuerpo te lleve hasta el fondo, para descansar junto a las criaturas de las profundidades, tus monstruos marinos, tus miedos. Y, a no ser que una sirena piadosa extienda sus brazos para cogerte y llevarte a la superficie, estás perdido.

Desperté empapada en sudor. Notaba cómo las sábanas se pegaban desagradablemente a mi piel. Aspiré aire varias veces, rápidamente, para asegurarme de que había escapado de la asfixia y de aquel océano de angustia. El oxígeno invadió mis pulmones de forma deliciosa y, ya tranquila, me tumbé de nuevo en el colchón. La oscuridad me rodeaba, contribuyendo en un principio a la sensación de seguir todavía en las profundidades, relajándome después. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, miré a mi alrededor.
Las literas se hallaban ocupadas, pequeños bultos que subían y bajaban lentamente, el susurro de una decena de respiraciones descompasadas y la atmósfera del sueño plácido llenando la habitación.
No pertenecía a ese lugar, una insomne entre durmientes.
Resoplé y traté de averiguar la hora que era. Aún no había amanecido, por lo que me quedaban unas cuantas horas de aburrida espera.
Coloqué las manos sobre mi abdomen, respirando hondo, y me dispuse a realizar la actividad que me entretenía cada noche desde hacía tantos años: buscar formas en la oscuridad. Lo sé, pura diversión. Pero en aquellas ocasiones la imaginación era lo único que me quedaba.
Tras unos minutos con los ojos fijos, parpadeando lo menos posible, comenzaban a formarse figuras, casi siempre aterradoras.
El morbo del miedo supongo.
Sin embargo esa madrugada no se dignaban a aparecer, y mi aburrimiento era mortal.
"¿Cuándo diablos va a amanecer? Sol, maldito bastardo, sal de una vez" pensé frunciendo el ceño. Entonces recordé lo que ocurriría cuando amaneciese. El día que era. Por un momento me quedé helada, y al siguiente mi sangre comenzó a hervir.
18. Cumplía 18 años y salía de allí.

10 de diciembre de 2010

Jugar con las cosas de mamá nunca era buena idea: siempre terminaba enfadada, con aquellas arrugas tan feas en su frente. Enfadar a mamá me ponía muy triste. Por eso, aquel día, después de embadurnarme con su pintalabios rojo -ése tan bonito que se ponía los domingos cuando paseaba con papá- me escondí asustada en mi habitación. El papel del baño no había borrado todo el carmín y el estropicio del lavabo era indescriptible. Comencé a llorar a gritos mientras me frotaba la cara para quitarme el colorado de las mejillas, pero cada vez que restregaba se hacía más grande la mancha, hasta acabar con toda la piel cubierta. Oí la puerta y me escondí con pánico dentro del armario. Seguí llorando, pero bajito, como si le llorase a las perchas. Mamá me llamaba, cada vez más preocupada, pero cuando entro al baño gritó. Entonces ya no me llamaba con angustia, si no con enfado en la voz.
Deseé desaparecer o hacerme invisible con todas mis fuerzas, cerré los ojos tan fuerte tan fuerte que veía galaxias en mis párpados. Pasó mucho tiempo, no recuerdo ni siquiera cuánto. Las piernas se me pusieron rígidas -mamá siempre decía que era porque estaban aburridas- y terminé por dormirme entre los vestidos.
Al despertar ya no sabía dónde estaba, no recordaba nada. Confusa, abrí la puerta del armario y la luz me cegó. A tientas salí de mi habitación y busqué a mamá. No estaba en el salón, ni en la cocina, ni en el despacho -y eso que se pasaba casi todas las tardes allí-. Subí a su habitación, pero tampoco estaba. Aunque la cama estaba deshecha, y ella también había manchado las sábanas con el rojo pigmento. Fui al baño, por si acaso estaba en la ducha y no me oía. Había muchísimo pintalabios por el suelo, aunque era más rojo que el de mamá. ¡Bien! Más colores que probar. ¡Ah, ahí estaba mamá! Lo sabía, dentro de la bañera no me habría oído. Pero no entendía por qué estaba todo el agua llena de carmín, estaba roja, rojísima. Y mamá se había dormido, y no se despertaba ni siquiera cuando la zarandeaba.



3 de julio de 2010

Amor de hermanos.

Si me duermo... si me duermo, cuídame, méceme en tus brazos para que no despierte. Aparta el dolor yabrázame...
Sus palabras resonaban en mi cerebro, aún recordaba sus vacilos al respirar y su voz cansada. A medianoche se apagó, tal cual se apaga una vela sin mecha, sus ojos titilaron y exhaló su último aliento y una última sonrisa a mi cara.
Los científicos están locos, dicen que no sigue aquí, pero yo la veo, la siento y la oigo, aunque ya no respire, aunque no sonría ni me toque, noto su presencia a mi alrededor, constantemente...
Ella es la almohada a la que susurro mis penas.
Mi única amiga.

[...]
Hace siete años que ella murió, siete años sin ver a mi hermano. Encerrado con su recuerdo pasaba días y noches durmiendo, sin comer, solo para alimentarse de su sombra.
Hoy fui a verlo por enésima vez. Suelo llevarle la comida cada semana, para que al menos continúe vivo. Jamás abre la puerta si sabe que estoy allí. Siete años de indiferente rutina. Pero hoy... la puerta estaba abierta. Me dispuse a dejar la bandeja en el suelo, pero no pude contener mi curiosidad. Quería verle, comprobar si seguía siendo quien yo recordaba.
Obvié el hedor que provocaban los desperdicios del suelo -restos de comida, desechos humanos, basura acumulada- y penetré en la oscura estancia. Accioné el interruptor de la luz, pero ninguna bombilla se encendió, por lo que supuse que la compañía eléctrica le habría cancelado el suministro al no pagar las facturas. Sorteé como pude la basura y los diversos animales -contener gritos y pánico- y me encaminé al dormitorio principal. Era un pasillo estrecho y en sombras, pero en la penumbra distinguí manchas en las paredes. Creadas por manos. Sangre seca.
Me apresuré y entré en la habitación. Allí el olor era tan fuerte que los ojos me lagrimeaban, pero mi realidad -el hedor, el asco, la angustia- se desplomó al ver el cuerpo demacrado y sin vida de mi hermano sobre la cama.
Corrí hacia él y me fijé en que había una nota a su lado:

"Os dije que ella seguía viva y no me creísteis. Ahora tendréis motivos para creer."

Oí un crujido a mi espalda y me giré. No vi nada y me regañé a mí misma por haber tenido miedo de lo que sería una estúpida rata. Los fantasmas no existen, ¿recuerdas? Pero esa voz no era mía.
Agazapada en las sombras, la criatura me habló con voz gutural y acuosa. Intenté salir de la habitación, pero la puerta se cerró. La masa de carne putrefacta se abalanzó contra mi cuerpo, clavando sus dientes en el mío. Mi piel se desgarró y la sangre caliente y pegajosa se extendió por mi ropa. Me aplastaba. Noté como varias costillas se quebraban, astillándose contra mis músculos. Grité. Clavó de nuevo su dentadura en mi carne, arrancando pedazos de mi ser.
El mundo se nublaba.
Todo se apagó.
El cuaderno rojo... donde no siempre la vida es fácil.

La carne golpeó con fuerza en la pared. Sintió cómo la sangre se agolpaba dolorosamente en el hombro. Semi-inconsciente, entendió las últimas palabras "...joder! ¡Eres una jodida puta! ¡Tu vida es mía, no eres nadie! Así que portate bien, no quiero matarte."

-pum-

A solas en la habitación y dolorida se arrastró hacia la oscura cama. Sentía latir todo su ser. Los accesos de náusea hacían que su cuerpo se estremeciese con violencia. Le ardían las entrañas y, sin embargo, sus ojos, aunque febriles, se hallaban secos. Había aprendido que las lágrimas no servían de nada, solo un dolor de cabeza que lo empeoraba todo. "Cálmate, cálmate, cálmate..." Incluso ese tantra que se repetía a todas horas le hacía daño. Trató de respirar hondo, intentando no sufrir en el proceso. Fue en vano.
Se dijo que esto era solo una -cruel- prueba, que debía superar con la cabeza alta. Al fin, lágrimas saladas acudieron a sus ojos y, exhausta, cayó desmayada.
El cuaderno rojo
en el que vivimos vidas paralelas...

Éramos de nuevo Fausto y Mefistófeles, quienes, danzando su macabro baile, empujan a los humanos a la desesperación. Una orgía de cuerpos a nuestro alrededor, el hedor del sudor y la sangre, la suciedad pululando... todo nuestra amada obra: putrefacta y destructiva. Al fin y al cabo, ellos también se amaban.Tú, mi Fausto ansioso de una nueva vida, yo, un diablo que te condenaba a la eternidad. Sumidos en nuestro vals maldito, ávidos el uno del otro, sedientos.

Una mano sucia alcanza mi tobillo, entorpece nuestra danza. La magia se acaba, tu ya no eres Fausto ni yo el Anticristo. Mi maldad sigue incrustada, adiós a la vida del que paró esta farsa, adiós a la mía propia. Ojos en mi cuerpo, fijos. ¿Por qué? Solo hago lo que quiero, no hay amenaza en ello.
¿Qué esperaban? Adoran a un ente maldito y oscuro, deseaban su propia destrucción. Desesperados, sacaban de su cuerpo la tristeza y, en su trance devoto, me entregaban su ser. Pero lo que fue ya no es, todas esas vidas que cobré no fueron y sigo siendo la misma patética humana de siempre, como todos los demás.

¿Qué esperaba? ¿Qué esperaba?

Ansiaba una respuesta a mi propia existencia.¿Acaso tengo que conformarme con la idea de un dios? Demasiado fácil, una droga para masas.