3 de julio de 2010

Amar sí, pero no de esa forma.

Acurrucado contra su falda, David tiritaba, no por frío sino por falta de abrazos. Como un gato, se estrujaba y apretaba contra aquella tela liviana de flores. Notaba las formas de su cuerpo a través, deseoso de bajar la mano para subirla de nuevo por aquella piel satinada, pararse y palpar las rodillas y continuar hasta ese cielo que se escondía en la bifurcación de su camino. Pero no, debía quedarse en aquel jardín de flores verdes y azules, sobre su tierra blanca. Se apretó un poco más, con fuerza, hasta que el fémur de Lucía le amoratonó el brazo. Quizás así se fusionasen y jamás tuviesen que decir adiós. Tenía miedo de subir la mirada, atravesar el vacío de aquella blusa blanca cuyos botones había arrancado con furor y continuar por el sendero de aquel cuello blanco, recorrido cortado por un río carmín, hasta llegar al destino final.
La belleza natural que poseía ese rostro era inigualable, incluso ahora que estaba con aquella expresión lánguida, con los cristalinos ojos abiertos y fijos, las mejillas pálidas y la boca entreabierta, con aquellos labios que aparecían ahora yermos y de color apagado, cuando solían estar llenos y rosados, abiertos para formar una sonrisa.
Pasaron las horas y David no cambió de posición, tratando de transmitir algo de calor y vida a aquel cuerpo al que tan tiernamente se la había quitado. Solo había intentado amarla, quererla, pero ella ¡ella! tras años de coqueteos infructuosos y de calentamientos gratuitos le había dicho que no pretendía dar esa impresión y que no quería nada más que una bonita amistad con él. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Aguantarse la humillación del rechazo con una sonrisa amarga y aceptarlo? No, una zorra como ella no iba a ser capaz de hacerle pasar por eso. Así que la cogió por los brazos y la zarandeó, gritando que la amaba, que la quería y que sabía que ella también. Ella, como no, trató de zafarse, pero la apretó aún más, la estampó contra la puerta y contra tapó su boca, mientras con la otra mano palpaba el pelo rizado de su coño, hurgando con los dedos. Lucía había roto a llorar, pero este hecho no hizo que su acusada erección se calmase, sino que le excitó aún más. Agarró su pelo, ahora convertido en maraña, y apretó su bonita cara de nuevo contra la puerta, hasta que ella gritó de nuevo.
Llegados a este punto su pene parecía a punto de explotar. La separó de la puerta y la tiró al suelo, le arrancó la blusa y palpó aquellos senos suaves y turgentes que habían hecho las delicias de sus sueños más húmedos. Mordió su pezón izquierdo hasta saborear la sangre. Bajó su bragueta y sacó su palpitante miembro para clavárselo hasta las entrañas. Lucía gritaba, lloraba, se contorsionaba como una culebra debajo de su cuerpo y trataba de cerrar las piernas y empujarle fuera de su ser. Él se clavó aún más en su interior y, al tiempo que ella le propinaba un puñetazo en la cara, un torrente de semen emergió y un sentimiento de glorioso triunfo se instaló en su pecho. Pese a ello, tenía la cara dolorida y estaba furioso, por lo que agarró su cuello con ambas manos y apretó, hasta que aquellos ojos aterrados perdieron su brillo y aquel cuerpo dejó de moverse.

Horas más tarde, David se apretaba contra su cuerpo, tratando de revivirla, temeroso de mirar ese rostro al que había quitado la vida, mientras el amanecer se instalaba anaranjado en el cielo.


A las nueve de la mañana, puntual como siempre, Isabel entraba en la oficina.
- Buenos días -dijo a la recepcionista- ¿algún mensaje para mí?
- No ha llegado nada, señora Suárez. Por no llegar, no ha llegado ni siquiera el señor Ramírez.
- ¿Aún no ha llegado? ¡A las diez tenemos la reunión con Coprisa! Por favor, trata de contactar con él lo antes posible, llama a su casa, al móvil, pero ¡que aparezca!
Enfadada, Isabel se dirigió a su despacho. Dió un sorbo al café que llevaba en la mano, aún demasiado caliente, por lo que se escaldó la lengua. "Buena forma de empezar el día, sí señor" pensó mientras dejaba el maletín sobre la mesa. Nerviosa, cogió el auricular del teléfono y marcó la conexión con la recepcionista.
- María, ¿se sabe algo de David?
- He llamado a su casa y su mujer me ha dicho que anoche no apareció por casa y su móvil está apagado.
- De acuerdo, gracias.
Colgó el auricular y salió del despacho. En el pasillo se cruzó con algunos empleados de la limpieza, que se dirigían al despacho de Ramírez. Oyó cómo una mujer decía "Vaya, pero si está abierta" y su grito posterior.

Azucena, de 47 años y empleada de la limpieza en una oficina de distribuición, nunca había tenido una vida demasiado fácil. En su casa nunca había sobrado el dinero y tuvo que empezar a trabajar muy joven, renunciando al sueño de hacer una carrera universitaria, como empleada del hogar. Cuando tuvo a su primer hijo se prometió que su descendencia no pasaría las mismas penurias que ella, por lo que buscó dos empleos, esforzándose por conseguir el dinero suficiente para darles una vida mejor. Poco a poco había conseguido un situación estable con una cuenta de ahorros, no excesiva, pero tampoco despreciable. Había visto cosas horribles en su vida, pero la que sus ojos ahora presenciaban era la peor de todas.
Lucía, becaria de 26 años, estaba tendida sobre el suelo con la blusa medio arrancada y carente de vida, y, a su lado, con ríos carmesí brotando de sus muñecas, se encontraba David, de 35 años y director de publicidad.

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