Si me sueltas entre tanto viento, ¿cómo voy a continuar?
La música fluía por sus oídos en dirección a su cerebro. Fluía de sus ojos, mezclaba la voz dulce y las suaves palabras con la gente, se mezclaban y mecían como un mismo ser con la cadencia del sonido. El cielo ya no era gris si no azul, la masa que la rodeaba ya no eran anónimos, eran ella, fusionados por un motivo, un único objetivo: vivir.
No andaba, bailaba. No llegaba a tiempo por tonta, pero no le importaba perderlo -¿ganarlo?- si al fin era feliz. Dar vueltas, vueltas, vueltas, girar y girar entre la multitud y dejarse llevar, llevar por la corriente, llevar por el sonido y por ella misma, por sus sentimientos, sensaciones.
La última nota se quebró en el aire y ella respiró la nostalgia que dejó. Abrió los ojos. Volvía a ser la calle gris, mojada y triste, volvían a ser las personas que la atropellaban sin siquiera mirarla, el mismo cielo que se caía en pedacitos sobre su cara.
Dejó que se empapase su pelo, la pulmonía no le importaba siempre y cuando la habitación del hospital oliese amandarinas.
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