3 de julio de 2010

Maullaba gotas de cristal.


Solía limarse las garras cuando nadie la veía. Allí en la azotea nadie la controlaba y era feliz de verdad. Escapaba a su escondite de alturas en cuanto tenía ocasión y, cuando bajaba a tierra, vagaba a cuatro patas en su mundo de fantasía y bigotes felinos a quienes ronronear su amor.
Un día, el gato gris desapareció. ¡Puf!, se esfumó de sus pensamientos.
Esa noche la gata del tejado subió por última vez a la azotea. Maulló su desgarro y sus maullidos se transformaron en esquirlas de cristal que hirieron su corazón.
Hace tiempo que no veo a la gata del tejado. Supongo que estará en otra ciudad de cielos grises limpiándose del hocico el chocolate. Curando el desamor.
Ansío volver a ver a mi gatita ronronear.

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