Cuando él llegó la sangre ya empezaba a coagularse y una mano tendía inerte por el borde de la cama. Las sábanas arrugadas y con manchas enredaban a una figura que yacía boca abajo. Se acercó sin apenas atreverse a respirar, conteniendo hasta los pensamientos por miedo a la realidad, y dio la vuelta al cuerpo. El llanto atravesó el suyo como electricidad, sacudiendo cada célula y contrayendo su cara en una mueca de dolor y en un grito que resonó en la habitación. Era él. Él. Aquel al que jamás querría ver en esa situación.
Acarició su cara, la recorrió como quien dibuja las líneas de un mapa, con ternura; se aferró al cabello manchado de sangre y abrazó el cuerpo exánime. Se había ido. Y era a la vez un alivio y un tormento. Se había ido. No podía dejar de repetir esas palabras en su mente, mientras miraba el rostro de quien había sido su gran amor y más horrible pesadilla.
Una vez pasado el llanto, colocó el cadáver en el centro de la cama, quitó la sangre de su cara y arregló las sábanas alrededor. Falsificó una nota de suicidio y limpió todas las posibles huellas que hubiese podido dejar.
Él se había ido, pero la vida continuaba. Y a él no le iban a cazar.
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