28 de febrero de 2011

1. Despertar.

En el momento en el que ya no puedes escapar de tus propios pensamientos es cuando te das cuenta de que te estás ahogando. Tratas de respirar y los pulmones se llenan de agua, de angustia. Tu corazón bombea cada vez más rápido, llevando el poco oxígeno que queda a tus extremidades, tratas de salir y tan sólo consigues chapotear de forma lastimosa y hundirte de nuevo, sin haber logrado aspirar algo más que sal. Y sabes, con cada célula de tu cuerpo, que se acabó. No queda posibilidad de lucha, te rindes y sucumbes ante tu propia desgracia, tu auto-derrota. Porque ha sido por ti, por tus estúpidos pensamientos, por lo que has acabado en ese océano de dudas, de indefensión.
Te abandonas y dejas que el peso de tu cuerpo te lleve hasta el fondo, para descansar junto a las criaturas de las profundidades, tus monstruos marinos, tus miedos. Y, a no ser que una sirena piadosa extienda sus brazos para cogerte y llevarte a la superficie, estás perdido.

Desperté empapada en sudor. Notaba cómo las sábanas se pegaban desagradablemente a mi piel. Aspiré aire varias veces, rápidamente, para asegurarme de que había escapado de la asfixia y de aquel océano de angustia. El oxígeno invadió mis pulmones de forma deliciosa y, ya tranquila, me tumbé de nuevo en el colchón. La oscuridad me rodeaba, contribuyendo en un principio a la sensación de seguir todavía en las profundidades, relajándome después. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, miré a mi alrededor.
Las literas se hallaban ocupadas, pequeños bultos que subían y bajaban lentamente, el susurro de una decena de respiraciones descompasadas y la atmósfera del sueño plácido llenando la habitación.
No pertenecía a ese lugar, una insomne entre durmientes.
Resoplé y traté de averiguar la hora que era. Aún no había amanecido, por lo que me quedaban unas cuantas horas de aburrida espera.
Coloqué las manos sobre mi abdomen, respirando hondo, y me dispuse a realizar la actividad que me entretenía cada noche desde hacía tantos años: buscar formas en la oscuridad. Lo sé, pura diversión. Pero en aquellas ocasiones la imaginación era lo único que me quedaba.
Tras unos minutos con los ojos fijos, parpadeando lo menos posible, comenzaban a formarse figuras, casi siempre aterradoras.
El morbo del miedo supongo.
Sin embargo esa madrugada no se dignaban a aparecer, y mi aburrimiento era mortal.
"¿Cuándo diablos va a amanecer? Sol, maldito bastardo, sal de una vez" pensé frunciendo el ceño. Entonces recordé lo que ocurriría cuando amaneciese. El día que era. Por un momento me quedé helada, y al siguiente mi sangre comenzó a hervir.
18. Cumplía 18 años y salía de allí.

1 comentario:

  1. :) Precioso texto sobre en análisis de tus emociones de un instante tan pequeño.

    Escribes genial.

    Un besito!

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