
Me gustaba inventarte. Pensar que no eras real y crearte de la nada. Inventarte en palabras, sonrisas, gestos. Imaginarte.
Eras delicioso en ese rincón de mi mente. Creaba un lugar acogedor para nosotros dos. En mi hogar no se escuchaba el tic-tac del reloj, no había tiempo, porque el tiempo era infinito en nosotros dos. Congelados en el espacio, data tópica: mi corazón, cronológica: el momento en que me besaste por primera vez.
En nuestro rincón siempre había una tonalidad gris y un olor a tierra mojada que lo inundaba todo, de forma suave y agradable, haciéndome sentir libre.
Hasta que mi burbuja se rompió.
Comenzó a diluviar y mi universo se inundó. Opresor contra mi pecho, mi corazón exigía liberarse de su cárcel. Esa cárcel que suponía tu abrazo.
Era doloroso, pero por primera vez sentía algo real. Por primera vez sentía.
Confundida, interrogaba a mis sentidos por qué rechazaban esas caricias. Mis nervios contestaban que ya no le ponían los pelos de punta, sino que les daban calambres. Preguntaba a mis sentimientos y su repuesta era "ya no".
Ya no era lo mismo. Necesitaba otra cosa. Algo real que no fuese mero producto de mi imaginación.
Me gustaba inventarte... hasta que descubrí que te deformaba y creaba a otra persona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario