16 de septiembre de 2012

No me ves.
Nadie me ve.
Ni siquiera yo.
Sólo un reflejo. Sólo lo que se supone que soy o debo ser. Una pared y un espejo.
Y no quiero que nadie lo haga. Aunque eso suponga esta mierda.
Hablo de otros. Escucho. Hablo de tonterías que no tengan mayor importancia para evitar daño.
Ya ni siquiera sé qué me hace daño.
Ni siquiera sé de qué más podría hablar, porque no lo hago.
De qué voy a hablar.
20 años llenos de nada.
Insulsos.
Y lo que esté pensando en realidad da igual.
Y lo que sienta.
Lo que crea.
Porque aunque duela, ¿quién lo va a ver?
¿A quién voy a dejar que lo vea?
Cuatro paredes y dos gatas. Y esto. Y nadie para poder contarlo. O escucharlo. O verlo.
Hace meses ya desde la última vez que me derrumbé delante de gente.
Y no volverá a pasar.
Porque siempre vuelve.
Siempre.
Aunque eso suponga no establecer lazos fuertes con nadie
Y no tener nadie con quien hablar.

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