4 de julio de 2010

Si las paredes hablasen, contarían historias de cambio, contarían como retumbaron con música y cómo soportaron (o fueron soportadas) espaldas de gente llorando. Cómo aguantaron impasibles puñetazos de rabia o frustración, o ambas emociones. Narrarían encuentros amorosos a empujones contra ellas, dirían el número de golpes que dio el cabecero en ella y mostrarían con pudor la cicatriz que les dejó.
Si las paredes de mi casa hablaran contarían una historia de frustración y soledad auto impuesta. Contarían las horas pasadas sobre la cama, sola, escuchando música con los ojos cerrados. El número de veces que arranqué y volví a poner posters en ellas. Seguramente cotillearían sobre mis conversaciones en voz alta conmigo misma o con ésa del espejo, que no soy yo. Contarían cuántas veces cambio de postura al escribir. Hablarían de desorden, de resignación. Contarían cómo, cuando la tristeza o ellas se me tiran encima, empiezo a dibujar, donde sea, o completo el mural del armario. Chivarían todos los suspiros exhalados por amores frustrados, o lo que entonces creía que era el amor, la canción que en público niego y reniego escuchar pero que, calladas y obligadas, han tenido que escuchar centenares de veces. Describirían cómo, cuando creo que nadie me ve, las recorro con el dedo mientras ando, para memorizar su textura.

Lo cierto es que es lo que yo diría, pues mis paredes ni sienten, ni ven y, mucho menos, hablan.
Afortunadamente.
Porque se describiría en una palabra: soledad. En mi propia casa, con mi propia familia.

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