Parece mentira que me haya costado tanto tiempo, dolor, esfuerzo, lágrimas y noches sin dormir. Pero, fíjate, me he dado cuenta de que ya no te echo de menos. Y me alegro. Porque no podía seguir con esta especie de rencor comiéndome por dentro.
Ya no te echo de menos y se me llena la boca al decirlo y se abre mi mente al pensarlo.
Y no debería, pero me siento un pelín perdida. Ya sabes, sin nadie a quien echar de menos o a quien recurrir cuando me apetezca tirarme de los pelos, ya sea por dolor o por añoranza (siempre sin recurrir a ti de verdad).
Me siento un poco perdida sin nadie a quien querer.
Necesito alguien a quien querer, aunque sea a mi manera.
Y ¡sorpresa! ya casi no quiero a nadie. Tal vez es un mecanismo de defensa, convertir en conocidos a todos aquellos a los que me resulta fácil querer. Y no esperar nada de nadie. Porque si no es peor. Y también te llevas sorpresas agradables, dices ¡coño, si les importo!
Es interesante.
Pero ese no es el tema contigo. Porque ya no lo hay. Porque ya eres pasado, pasado, ¿sabes lo maravilloso que es eso?
P a s a d o.
Y significa que puedo perdonarme a mí misma.
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